jueves, 16 de diciembre de 2010

Algo andaba mal (o demasiado bien) - 3° parte

Nos sentamos en los sillones, le tomamos la cerveza, le prendimos el DVD para poner el semiacústico de Almafuerte (se puede asegurar que lo que hayamos hecho, lo hicimos con total discreción y respeto), pero a mí (el boludo) se me calló una botella de cerveza. El ruido de la botella estrolada contra el piso retumbó por toda la casa, y creo que por el barrio también. Cuando miré para la puerta del fondo veo entrar a un gordo, que no por juzgarlo por tener sobrepeso, pero tengo que aclarar que en mi vida tuve un miedo tan irresoluto de morir tan prontamente. Fue un poquito peor cuando me di vuelta para salir corriendo y noté el peculiar detalle de que la casa estaba plenamente en llamas (creo que de ahí sacó una canción un groso que estaba durmiendo por el fondo). A los pibes les grité ¡la cagamos! Pero nunca logré divisarlos, así que salí disparado por la ventana, un lugar por el que el presunto “dueño” (en el sentido estricto de la palabra, podemos decir que nadie pude ser dueño de nada porque todos los derechos adquiridos no terminan siendo otra cosa que un invento de algún hijo de puta, y me vuelvo a disculpar por irrumpir un relato en el que me cago, a esta altura de la vida) de la casa no cabría ni en pedo.
Esperé cinco minutos afuera, escondido detrás de un puesto de diarios, con la enorme desventaja de no saber si podría llegar a ser visto por alguien de la casa, que acababa de notar, a juzgar por el cartel que vi afuera, era una sala de ensayo, y me fui al carajo. No sabía ni qué hora era, pero ya se me estaba haciendo de noche, cosa que no asustaba, exceptuando el hecho de que donde estaba y a donde iba jugaba de visitante. Así que empecé a correr, y de repente llegué a la cascada. No podía creer que había estado corriendo para el otro lado. En el momento me quise matar, pero después empecé a disfrutar del paisaje. Ya no estaba tan perseguido pero si quería llegar temprano tenía que correr. Aunque se me ocurrió algo mejor: si subía la montaña tenía menos trayecto y seguramente llegaba a tiempo, así que giré hacia la derecha como para ir para ese lado, aunque ya andaba bastante muerto como para subir montañitas.
Este lugar me traía siempre una sensación parecida, más bien una especie de incitación. Al subir, como hacía mucho tiempo que no lo hacía (y a esta altura quién podría afirmar que alguna vez habría de haberlo hecho. No suelo ser caracterizado como una persona memoriosa, y más en días como hoy, que me olvido la pastilla verde en el cajón), me agarraba una especie de ataque de reflexividad descomunal. Empecé sintiéndome un boludo por tirar la botella, pero también noté que había sido en el momento justo que me tuviera que ir. Aunque también estaba bastante mal haber perdido a Lito y Chofi… pero mientras no sonara el teléfono estaba todo bien. Nunca sonó meditando en todo este pack de boludeces, no solo se me pasó el viaje hasta la cima, sino que ni me di cuenta y ya estaba en la estación. Ahora solo restaba la preocupación de que pasase el tren en un momento acorde a lo necesario (cosa que no suele suceder en ningún plano posible).

No hay comentarios:

Publicar un comentario